¡Bienvenidos!

Hay tres cosas que pueden sucederte en un laberinto.

Puedes perderte, en cuyo caso te sugiero que busques la salida.
Puedes conseguir salir, y te sugiero que vuelvas para satisfacer tu curiosidad... Porque... ¿Qué sabes acerca del laberinto? Esa no es la cuestión, la cuestión es lo que quieres saber acerca de él.
Y puedes llegar al centro, donde me encontrarás con una mano abierta, invitándote a descubrir los rincones de mi laberinto.

¿Te atreves a venir a por mi?

01 diciembre 2011

Rabia

Lágrimas de impotencia rodando por las mejillas. ¿Impotencia? No. No sólo hay impotencia en esas lágrimas, sino que también existe rabia, tristeza, humillación, estrés, cansancio... No te quedan fuerzas para seguir adelante, pero debes hacerlo. A tu alrededor, caras preocupadas, caras alegres... Todo es confuso, pero todas estas caras se resumen en un par de frases, que se repiten constantemente en tu mente: "¡La próxima vez irá mejor! ¡Esto es sólo el principio!" Muy fácil decirlo cuando no te ves en situación, pero la verdad es que estás cansado. Te calmas, sólo por fingir que no le das tanta importancia como parece, que sólo ha sido ese momento de flaqueza... Pero luego, en la soledad de tu santuario, estas lágrimas vuelven a brotar. Y ahora no pueden dejar de parar. Impotencia, rabia, tristeza, humillación, estrés, cansancio y, ahora también, soledad. La música bien alta, para que fuera no puedan ni imaginar qué es lo que está pasando en tu interior. Tumbado en la cama, solo se te ocurre pensar en lo ocurrido y no en el futuro. Te consumes en tus propias lágrimas, hasta que caes rendido en los brazos de Morfeo, quien susurra dulcemente "Sólo queda mirar hacia delante..." 

15 noviembre 2011

El amanecer de los muertos vivientes...

 Todas las mañanas, antes de que el mundo despierte, hay una hora más o menos de margen. Es la hora. El amanecer de los muertos vivientes. Van por la calle, encorvados, ojerosos, arrastrando los pies, como si llevaran una pesada carga sobre sus hombros. Si te cruzas con ellos, tienen la mirada perdida, y los ojos teñidos ligeramente de rojo, como de haber vagado desde hacía mucho. Y todos siguen un patrón de movimiento. Todos se dirigen a un mismo lugar, todas las mañanas, y a la misma hora. La mayoría son sordos, no oyen lo que ocurre a su alrededor, no quieren tampoco oírlo. Ése es su momento... Tampoco son agresivos. Puedes encontrartelos una mañana, y no te hacen caso. Pálidos, ni siquiera te dirigen la mirada, aunque tú te preguntas qué habrán estado haciendo esa noche, o por qué no pueden levantar la vista del suelo al andar. 
 Lo comentas con tus amigos, tus compañeros de trabajo, tus familiares... Pero todos llegáis a una conclusión, no sabéis por qué. Y de repente, llega un día. Un mágico día, en el que te encuentras a tu hijo a la hora de los muertos vivientes. Pálido, ojeroso, sin levantar la vista del suelo, arrastrando los pies. Y entonces te das cuenta de lo que ocurre. Es una pandemia inevitable. Tu hijo se ha hecho mayor, y estudia 2º de Bachillerato. La falta de horas de sueño, el cansacio acumulado por meses de exámenes, y los cascos puestos, escuchando música. Y lo entiendes. La hora de los muertos vivientes... Su trayecto hacia el instituto, es el único momento del día en el que tienen tiempo para perderse en su mundo, escuchando música.