Todas las mañanas, antes de que el mundo despierte, hay una hora más o menos de margen. Es la hora. El amanecer de los muertos vivientes. Van por la calle, encorvados, ojerosos, arrastrando los pies, como si llevaran una pesada carga sobre sus hombros. Si te cruzas con ellos, tienen la mirada perdida, y los ojos teñidos ligeramente de rojo, como de haber vagado desde hacía mucho. Y todos siguen un patrón de movimiento. Todos se dirigen a un mismo lugar, todas las mañanas, y a la misma hora. La mayoría son sordos, no oyen lo que ocurre a su alrededor, no quieren tampoco oírlo. Ése es su momento... Tampoco son agresivos. Puedes encontrartelos una mañana, y no te hacen caso. Pálidos, ni siquiera te dirigen la mirada, aunque tú te preguntas qué habrán estado haciendo esa noche, o por qué no pueden levantar la vista del suelo al andar.
Lo comentas con tus amigos, tus compañeros de trabajo, tus familiares... Pero todos llegáis a una conclusión, no sabéis por qué. Y de repente, llega un día. Un mágico día, en el que te encuentras a tu hijo a la hora de los muertos vivientes. Pálido, ojeroso, sin levantar la vista del suelo, arrastrando los pies. Y entonces te das cuenta de lo que ocurre. Es una pandemia inevitable. Tu hijo se ha hecho mayor, y estudia 2º de Bachillerato. La falta de horas de sueño, el cansacio acumulado por meses de exámenes, y los cascos puestos, escuchando música. Y lo entiendes. La hora de los muertos vivientes... Su trayecto hacia el instituto, es el único momento del día en el que tienen tiempo para perderse en su mundo, escuchando música.